No es el cuadro de una felicidad recuperada (Salmo 1), ni el inútil fragor de la rebelión humana contra el reino de Dios (Salmo 2), ni siquiera la enfática y valerosa reacción ante la adversidad política (Salmo 3); pues aunque el Salmo 4 parezca arrancar de una situación semejante a la del salmo anterior, aquí la crisis parece atenazar a David desde el interior.

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Fotografía: Ceuta. ARM - Soli Deo gloria.

Y es que en el Salmo 3 el problema puede ser un ataque, un ejército en contra de uno; pero el Salmo 4 propone un problema que aunque no nos dibuje las lanzas y los carros de una guerra externa, tiene que ver con las saetas dialécticas que igualmente pueden destrozar un alma. E, importantísimo, aparece mencionada la angustia.

El mismo Søren Kierkegaard, en una obra que en alguna edición moderna corresponde a  Tratado de la desesperación (de la que apenas he leído unas páginas), reflexiona en su principio acerca de la "enfermedad mortal". Se hace eco Kierkegaard de la frase que Jesús pronunció a propósito de la enfermedad de Lázaro. Cuando Jesús recibe la noticia de que su amigo está enfermo, afirma: "Esta enfermedad no es para muerte, sino para la gloria de Dios […]"(Juan 11:4 RV1960); y con libertad interpretativa el filósofo danés nos anuncia que la auténtica enfermedad mortal es la desesperación.

Pues efectivamente, aunque teológicamente habría de situarse “la enfermedad mortal” en el pecado, se puede aprovechar la frase de Kierkegaard para afirmar que un alma sumida en la angustia, en la desesperación, puede ser trágicamente vulnerable, aunque el cuerpo no esté físicamente amenazado de muerte. La angustia es capaz de infiltrarse por los resquicios de nuestras supuestamente consistentes corazas y enmohecer lentamente toda nuestra salud emocional. Poco a poco va minando nuestras fuerzas y calando más y más adentro con su pus. El espíritu angustiado experimenta una asfixiante angostura o estrechez; a tal punto que casi costara trabajo la misma respiración física.

Pero el encastillamiento que puede sentir un corazón sitiado de calumnias ha de ser superado por un grito. Un clamor desde lo más profundo que resuene en las cuevas y los pantanos del alma ha de llegar hacia fuera, ha de salir con toda su vehemencia desesperada-de-sí y vibrar como vibran las cuerdas graves de un instrumento.

respóndeme cuando te clamo,
tú que en mi angustia me diste alivio,
ten compasión de mí y escucha mi oración.

El amargo lamento ha devenido en clamor, y así, la liberación de la o-presión se va preparando con una ex-presión de fe. Y esto no es clamar inútilmente en el desierto, pues precisamente en el desierto es cuando Dios escuchó los sollozos maternales de una madre en apuros que decidió nombrar a su hijo Ismael ("Dios-escucha", Génesis 16:11).

Pero hay que clamar. De alguna forma provista por la gracia de Dios, la angustia tan difícil de verbalizar por lo profundamente paralizadora que es, debe tensar un arco que lance un clamor de auxilio más allá de nuestras mudas penumbras. El alma por fin se ve objetivada en esa ex-presión y aguarda a que Alguien la escuche y la salve.

De este cuarto Salmo podemos colegir un principio básico y poderoso. Necesitamos clamar más allá de nosotros para hallar liberación a nuestra angustia. Una angustia enfrentada en soledad nos puede sumergir más en ella. Nuestro propio fracaso a la hora de cercenar la angustia nos puede angustiar más. Pero cuando el camino se hace angosto, y casi no se puede respirar, nuestra alma debe clamar en auxilio a Quien con una palabra de sus labios es capaz de salvarnos.

ARM - Soli Deo gloria.

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