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Reflexión sobre el Salmo 3:

El primer salmo era un cuadro esencial de la recuperable felicidad original; el segundo, un cuadro histórico-escatológico del contraste y victoria de la soberanía mesiánica sobre sus antagonistas. Pero el Salmo 3, aunque tiene al rey David en escena, nos introduce de lleno en una crisis personal e individual.

La palabra de Dios no camufla los intervalos dramáticos que sufren incluso quienes han recibido promesas formidables de Dios. Aquí palpamos la crisis. David ha visto cómo su hijo Absalón se ha rebelado contra él. El reino prometido ahora parece pender de un hilo. David podría haber organizado una resistencia y haberse atrincherado en su ciudadela; bien al contrario, evita un derramamiento de sangre prefiriendo él mismo huir de Absalón, y deja su palacio. Ahí lo vemos en II de Samuel 15:30:

Y David subió la cuesta de los Olivos; y la subió llorando, llevando la cabeza cubierta y los pies descalzos. También todo el pueblo que tenía consigo cubrió cada uno su cabeza, e iban llorando mientras subían.
(Referencia)

Este es el marco del salmo: el rey se autoexilia, dolido por la rebelión de su hijo. Considérese cuán directamente ruega David al Señor que lo salve. Numerosas veces invoca su NOMBRE, y lo llama "Dios mío". No es esta una oración rutinaria comunitaria. Es el clamor de un corazón angustiado que en medio de la ausencia de otros apoyos se vuelca sobre el Dios de los Pactos.

Un hombre frente a diez mil. David dice, "no temeré". Y es que él sabía que el Señor responde a quienes lo invocan en la angustia. No importa que él, forajido, tenga que dormir en una caverna oscura; el Señor velará su sueño y traerá salvación y justicia.

David no está buscando venganza por la fuerza de sus brazos; en cambio pide a Dios su intervención soberana. Los Salmos incluyen numerosos ejemplos de imprecaciones; y aquí el lector contemporáneo puede asombrarse ante
este discurso. Por una parte, no debería el acomodado lector occidental del siglo XXI que nunca ha sufrido una flagrante injusticia ni ha visto amenazada su vida, juzgar y censurar la indignación de quien sufre el atropello de la violencia; pues por otra parte no tendría más que leer concienzudamente un periódico para descubrir esta realidad brutal. Son las personas con dignidad las que deben aprender a indignarse y a ejercer esa capacidad de rasgarse las vestiduras ante lo verdaderamente intolerable. Y al mismo tiempo, la apelación a la mano de Dios coloca el problema y la venganza en manos de un Dios bueno y justo. David ruega a Dios que parta los dientes de sus adversarios y que los golpee en la mejilla. Hay en esta justa indignación una mesura honorable. Inermes y afrentados han de quedar quienes se levantan contra el rey puesto por Dios.

David sabe que la salvación procede del Señor, y hay algo poderoso en este sencillo planteamiento. Cuando dejamos de intentar autoliberanos y autosalvarnos de nuestra opresión, un nuevo horizonte se abre. Cuando en vez de recurrir a tu fuerza o recursos o influencia, cuando en vez de eso clamas desde tus entrañas al único Nombre que salva; hay un Dios dispuesto a revelar su salvación y sostenerte en tu hora más crítica.

ARM - Soli Deo gloria

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