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El salmo 1 era la paz de un río, y el salmo 2 es el crujir de una vasija de barro. El salmo 1 era la líquida lisonja del agua; pero el salmo 2 nos apunta con el cetro severo de Dios. ¿Qué ha ocurrido?

     El salmo 1 era el paraíso perdido y recuperado en la vida del creyente. Pero el salmo 2 nos presenta un cuadro de la caótica realidad presente. Sí, el Edén fue real, pero también lo fue la transgresión humana, el deseo insensato de intentar llegar a ser como Dios, el babélico fetichismo de la civilización. La violencia de los Leviatanes nacionales (Hobbes) y sus maquinarias de impiedad.  

     La Biblia no es un catálogo de utópicas buenas intenciones, de iluminados que han decidido escapar del mundanal fragor para inventar otro reino platónico. El Reino de Dios está en directo conflicto con los principios y poderes humanos, y afortunadamente, se conceptualiza como realidad no sólo futura, sino también en el marco del aquí y ahora.

    El salmo segundo no presenta este conflicto entre el Reino de Dios y los reinos humanos en términos de un empate técnico, ya que ese planteamiento maniqueísta no es propio de la cosmovisión bíblica. Por el contrario, tal es el contraste entre los reyezuelos mundanales y el Rey puesto por Dios que el salmo nos presenta la irónica risa de Dios ante la hybris humana, para inmediatamente después expresar con contundencia la actuación divina.

    Las manifestaciones del Reino de Dios, primeramente en el pueblo de Israel y posteriormente, con el advenimiento de Yeshúa el Mesías, en la Iglesia, nunca estuvieron completamente exentas de falibilidad en sus líderes: el ínclito David sucumbió al impulso de censar al pueblo (hecho en primera instancia severamente castigado por Dios, en cuanto que representaba una confianza en el poder militar en vez de en la Provisión protectora de Dios. Véase 1º de Crónicas 21:1); el pío Josías trató de hacer geopolítica atacando -¿guerra preventiva?- a Necao y Dios permitió la derrota del rey de Judá (2º de Crónicas 35:20 y ss.); y el apóstol Pedro hubo de ser corregido por Pablo (Gálatas 3:11-14).

    En este sentido, sería un error utilizar de un modo, digamos, constantinista y en el peor sentido heterodoxo del término, mesianista, la radical superioridad del Reino de Dios como coartada para el ensoberbecimiento de los que integran -de facto o supuestamente- el pueblo de Dios (huelga aducir funestos ejemplos). Pero, también, de manera contraria, la exclusividad con la que el pueblo de Dios ha defendido, por encima de las idolatrías estatalistas, el señorío de Dios sobre la historia, ha generado en muchos casos un muy consciente deseo de represión y aniquilación por parte de los poderes seculares.

     El perseverante testimonio judaico ha sido tan funestamente perseguido hasta la sangre en tantas épocas; y la fidelidad cristiana al Señor en tantas ocasiones ha sido vituperada. A esta lista podría añadirse a los atropellados por los crímenes de Estado que de alguna forma tal vez hayan deseado la emergencia de un poder superior que ponga a cada cual en su límite. Este poder superior no son los Estados Unidos ni ninguna otra potencia sobre la tierra, sino que reside en el Mesías investido por Dios, de quien el rey David fue un prototipo.

    Pues en efecto, el Rey que Dios coloca sobre Sión parece ser una alusión a David y a su descendencia. Se anuncia el Reino de Dios dando una oportunidad a los reyes de la tierra de abandonar su enemistad con Dios y de reconocer Su dominio sobre todas las cosas. La gloria que Dios concede a David (en la guerra y en la paz) es un atisbo de una realidad más profunda, que es la del Reino de Dios. En 2º de Samuel 8, hay un catálogo de contundentes victorias que obtiene David, pero en este pasaje se encuentra una sección (versículos 9 al 11) que presenta una dinámica distinta en la que conviene reparar.

   Se trata de la historia de un rey que quiso hacer las paces con el aguerrido y victorioso rey oriundo de Belén: viendo Toi, rey de Hamat, que su enemigo Hadad-ezer había sido vencido por David, decidió enviar a su hijo al rey judío para concertar un pacto de paz. Este episodio es una incompleta pero sugerente imagen de lo que Dios espera de nosotros. David, el Rey puesto por Dios, llega incluso a ser llamado, en este salmo segundo, "mi hijo" (versículo 7). Esta filiación, que es honorífica y prototípica en el caso del rey David, apunta inequívocamente a una filiación de un muchísimo más profundo calado: el eterno rango de Jesucristo como increado y unigénito Hijo de Dios.

    Así pues, si volviéramos al episodio de los reyes Toi y David, nos daremos cuenta de que la actitud de Toi nos presenta la única alternativa ante el segundo advenimiento del Cristo (la palabra "Cristo" es un equivalente griego de la palabra hebraica "Mesías"): podemos optar por la rebeldía y enfrentarnos a la justa ira de Dios contra nuestra impiedad; o podemos acogernos a su gracia y disfrutar de una relación de paz con Él.

    Desafortunadamente, resulta demasiado común una imagen incompleta del Hijo de Dios que ve en su voluntaria humillación la única dimensión de su persona. Al contrario, la carta de Filipenses, en su capítulo 2, claramente expone que a esta humillación voluntaria del Hijo sucede el reconocimiento cósmico de su identidad suprema, el reconocimiento de que este Jesucristo es EL SEÑOR, título que de modo inequívoco atestigua, sublime verdad, que él es Dios.

     El salmo 2 presenta la contundencia con que Dios atajará la impiedad de los Leviatanes nacionales; pero mediante la presentación de una perspectiva futura. Esta perspectiva futura es muy importante. Dios anuncia un juicio implacable contra el pecado que aún está por ejecutar en su sentido pleno.

    ¿Y por qué no se ha producido ya? ¿Es que no ha llegado al colmo de la justicia divina el estremecedor catálogo de los desmanes humanos? Bien al contrario, esta dilación del juicio de Dios no obedece a su desidia, sino a una activa paciencia que se emplea en proclamar la venida del Reino de Dios (2ª de Pedro 3:9a, 1ª a Timoteo 2:4). Si Dios ejecutase todo el peso de su justicia ahora mismo, no solo irían derechos al infierno los tiranos, genocidas, torturadores… sino todas aquellas personas de a pie que no se han acogido por fe al sacrificio de Cristo para el perdón de sus pecados. La importancia y urgencia de esta decisiva oportunidad de hallar salvación en Jesús de la ira venidera (1ª aa los Tesalonicenses 1:10) no puede soslayarse.

     La palabra de Dios nos confronta con la suprema dignidad del Cristo para gobernar nuestras vidas. Inspirados por Dios, hemos de renunciar al satánico susurro de que su Reino alienará nuestra identidad y atrevernos a descubrir el maravilloso privilegio de conocer y amar a un Rey que empeñó hasta su propia vida por salvar a criaturas rebeldes e ingratas, que resucitó y vive para siempre, y que volverá gloriosamente a juzgar a los que se obstinan en andar en el desvarío de su egoísmo y en la vanagloria de su hueco humanismo; y a salvar a los que, pobres de espíritu, se arrepintieron y le entregaron el mando de sus vidas.

     El mismo Hijo de Dios demostró con su humildad y misericordia no tener ninguna viciosa adicción al poder. Afrentado en la cruz, suplicó perdón para sus victimarios. Predicó un Reino en el que quien sirve es mayor que el servido. Anunció su Reino a los pobres de espíritu, a los desconsolados, a los mansos, a los que suspiran por la justicia, a los misericordiosos… Un Rey así es la esperanza de todos los pueblos de la tierra. Es tu única esperanza.

ARM - Soli Deo gloria.

 

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