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Fotografía: (ARM, soli Deo gloria).

SONETO V, de Garcilaso de la Vega

Escrito está en mi alma vuestro gesto,
y cuanto yo escribir de vos deseo;
vos sola lo escribiste, yo lo leo
tan solo, que aun de vos me guardo de esto.

En esto estoy y estaré siempre puesto,
que aunque no cabe en mí cuanto en vos veo,
de tanto bien lo que no entiendo creo,
tomando ya la fe por presupuesto.

Yo no nací sino para quereros;
mi alma os ha cortado a su medida:
por hábito del alma misma os quiero.

Cuanto tengo confieso yo deberos;
por vos nací, por vos tengo la vida,
por vos he de morir y por vos muero.


Fuente del texto: http://www.cervantesvirtual.com/servlet/SirveObras/91393064009350273000080/p0000001.htm#PV_5_

Música e interpretación: ARM. - Soli Deo gloria.

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El soneto no construye una mujer de la nada, con la alquimia de los signos. Es ella la que lo genera. Su imagen ("gesto"), grabada como un sello en el alma, es clave y código de una existencia inconcebible antes de ella.

Y lo extraño -y trágico-, es que ella lo ignore.

El secreto que guarda el poeta parece atemorizarlo. Porque si él lo revelase torpemente y ella se mofase de él..., ya no le quedaría sino un alma pisoteada. Ante la página en blanco escruta en las sombras de su alma, siguiendo el rastro de los tímidos reflejos que parpadean en un extremo de la caverna, para encontrarse otra vez con ella. Esto ha llegado ya muy lejos. Ella ya no es un rincón de su alma, es él el arrinconado en ella... en ella, que lo ignora y que otra vez hoy le ha apartado la mirada. Toda consolación filosófica es inútil para curar esta herida profunda, todo ácido escepticismo ni siquiera conseguirá hacer temblar esta fe que es tan cierta como la ciencia con que un astrolabio confirma las elípticas de los astros. Un solo sol lo ha cegado para todo lo demás. Inútil será que su pluma persiga otros temas, ella ya es el aleph de su poesía, a ella la volvió a ver tras cerrar los ojos en busca de un verso.

Ha de tomar el riesgo y revelárselo. Su vida, signada en un papel, al borde del abismo. Él quiere que ella lo lea a él en unos caracteres trazados como pinceladas sobre un lienzo, a través de unas líneas fijadas en medio de la más clarividente locura del cincel. Esta escultura no es más que la copia y espejo del origen de esta pasión. Ella deberá leer y reencontrarse a sí misma, ahora desde otros ojos, que la adoran.

¿Su corazón se ablandará, licuándose por fin, asomándose por unos lagrimales hasta ahora estériles...? ¿O sufrirá el vértigo ontológico del doble?

Garcilaso ya ha desnudado su alma moribunda y asume un destino de cometa aspirante a satélite.

* * *

No le deis belleza a un alma vagabunda y sin rumbo, porque ella entonces comprenderá su miseria, y se embarcará en una desesperada lucha por encontrarse a sí misma en otra alma. El espíritu, que por esencia no es imagen o figura, sino anhelo de transparencia para con la luz de Dios, sucumbirá ahora ante los caprichos de un alma extraviada en su propio desvarío, a oscuras, entregada al vacuo pero aniquilador magnetismo de los ídolos. Ha colocado la imagen de un ser bello, pero mortal, en la hornacina de su alma, y le rinde piadosa pleitesía. Cuanto más observa el objeto adorado, más crece la imagen y más pequeña es el alma enajenada. ¡Imagina incluso el alma que un beso de amor vivificará el mármol! Pero no es así, un solo beso a la estatua congelará su corazón de carne, que se convertirá al frío no-ser de la piedra, si nada lo evita.

No aceptéis pleitesía de una alma esclavizada en sus ansias de belleza. Es fácil ceder a la tentación de recibir los halagos de quien se desvive por uno; pero es una trampa mortal en sus dos posibilidades. Si se cree en la ficción de que es ofrenda de genuino amor y se acepta de corazón, pronto encontrará el ser adorado a un sujeto alienado, mimetizado estúpidamente por la imagen de uno y al que no le queda nada que ofrecer. Si se decide jugar con un mendigo del ser, reírse de su locura, de su sumisión irracional, hay que apartarse y abandonar este juego. Un ser finito que acepta el culto idolátrico de un alma que solo saciaría el conocimiento de Dios, puede verse terriblemente sorprendido por la irracional violencia de un ser que de pronto advierte la inutilidad del ídolo que ha forjado, que de manera criminal e injustificable es capaz de destruir absurdamente a un ser real, en vez del ídolo incorpóreo de su fantasía.

Y sin embargo, seguimos propendiendo a esa búsqueda de Alguien que pueda explicarnos. Seguimos a la búsqueda de encontrar en un Otro a un verdadero rostro, y no a otra máscara ni fantasma falsamente vislumbrados en nuestra indigencia ontológica. No es en el pozo del alma en donde se encuentra este rostro -¡qué bien hospeda ese túnel imágenes falsas!-, sino afuera de nosotros. No es en un éxtasis solipsista en donde se revelará el rostro de una otredad que nos salve. No con los párpados cerrados, sino abiertos. La necesidad está tan dentro, pero no así la respuesta, que se encuentra fuera y que hay que buscar:

Mi corazón ha dicho de ti: Buscad mi rostro.
Tu rostro buscaré, oh Jehová;

No escondas tu rostro de mí.
No apartes con ira a tu siervo;
Mi ayuda has sido.
No me dejes ni me desampares, Dios de mi salvación.
(Salmo 27:8-9)

Ahora bien, cuando vemos revelado en Cristo el rostro de Dios, las demás bellezas dejarán de angustiarnos e infatuarnos con el deseo de apropiarnos de ellas. En cambio, un corazón que ha degustado la sublime riqueza del amor de Dios ya no está dominado por esta desesperación alienante y peligrosísima, sino que ahora encuentra su valor y plenitud en Dios. Y cuando dos personas así se miran a los ojos...

 

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